— :: el viaje sideral ::

8 abril 2007 Monthly archive

Salinas Grandes de Purmamarca
Por la mañana fuimos a visitar las Salinas Grandes, después de subir hasta los 4000 metros y recorrer hora y media en auto/combi desde Purmamarca; nunca vi nada igual. Regresamos a medio día y fuimos a comer a la casa de una familia, donde nos acomodaron sillas y un par de mesas en el patio y nos prepararon empanadas y cordero con arroz por el día de Pascua. Después, nos fuimos al cortijo a descansar hasta la noche donde cenamos en una peña acompañados una vez más de música folklorica en vivo.

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Estoy en un lugar lleno de belleza. Después de coger hasta tres autobuses desde Salta, llegamos a Purmamarca; un pueblecito indígena del norte de Argentina muy próximo a la frontera con Bolivia. Estamos en la casa de un señor mayor que se llama Amador. Es un cortijo con una casita de adobe a unos diez minutos a pie desde Purmamarca, situado en pleno valle rodeado de enormes montañas. El momento es precioso. Puedo oler el fuego del asado y notar su calor, escuchar el sonido de la noche y sentir el frío en mis dedos mientras escribo, bajo el cielo más estrellado que he visto nunca. Aún no puedo creer cómo he llegado a este lugar, ni siquiera cómo existe un lugar así.

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Hoy salimos a mediodía para ver un dique llamado “Cabra Corral” situado a unos 4 kilómetros de “La Caldera”, una pequeña aldea en la montaña bajo la que se asienta Salta. Me encantó el trayecto hasta la aldea; un paisaje completamente verde y húmedo, con casas muy rústicas y sencillas, la mayoría con su propio huerto y su pequeña granja (pollos, ovejas, vacas), una treintena de niños jugando al fútbol, una representación del via crucis, familias preparando asado, caminos de tierra en lugar de calles,… fueron algunas de las cosas que pude observar desde el autobús. Al llegar a La Caldera, Marco, Carolina, Ariel y yo comenzamos entre risas a caminar, con la suerte de que a los pocos minutos una familia que también subía para el dique en su camioneta 4×4, se detuvo para que subiéramos. Una vez llegamos al dique, nos vimos con el resto, que habían subido en el auto de Clarisa. Paseamos por los alrededores y nos encontramos a un amable salteño, Adrián, que pescaba en el dique como tantos otros; nos ofreció bebida y comida y estuvimos conversando y tomando mate juntos. Cerca, había muchas familias pescando y fotografié a esta niña que parecía no divertirse demasiado o tener alguna inquietud es su cabeza mientras su papá y su hermano pescaban.

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Anoche estuvimos en “La casona del molino”, una casa enorme a modo de restaurante que reciben el nombre de “peñas”. Tenía un aspecto muy rústico y natural, como si alguien hubiera abierto las puertas de su casa a la gente, con un patio muy grande y hasta nueve amplias habitaciones conté, donde los salteños llevan libremente guitarras e instrumentos y tocan canciones folkloricas (incluso los propios camareros) mientras comen platos típicos como locro (guiso de habichuelas con maiz, chorizo y morcilla), asado o empanadas salteñas, por ejemplo. Llegamos sobre las 22.30 después de un intento de entrar en la peña “Balderrama”, situada en el centro de la ciudad y de un aspecto mucho más turístico y artificial. Por suerte, no había sitio para nosotros así que dimos con “La casona del molino”, que está situada sobre la montaña y alejada del centro de la ciudad. Al entrar, elegimos la primera de las habitaciones. Poco a poco fuimos entrando en calor, acompañando con palmas a quienes tocaban hasta que una vez terminamos de comer, Alfonso se animó a tocar el piano que había en la habitación y comenzó entonces a dinamizarse cada vez más la noche. Mientras, cuando iba al baño, comprobaba cómo en cada una de las habitaciones la gente disfrutaba de quien estuviera tocando, cada cual sus canciones y cómo la gente que iba llegando se sentaba en aquél lugar que más le atraía; en cada habitación había un contexto distinto, pero al mismo tiempo, se respiraba un aire común en toda la casona que nunca olvidaré.

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Hostel prisamata
El domingo pasado volvió a salir el sol después de toda la semana con lluvia y tormenta, que ha dejado según las últimas noticias, hasta 50.000 evacuados en la capital Santa Fé. Fuimos por la tarde al paseo del río a tomar café y disfrutar del sol, y a comprobar cómo no éramos los únicos que habíamos tenido tal genial idea.
El lunes por la noche aprovechamos que el cielo estaba despejado para hacer asado, aunque esta vez con la peculiaridad de que la única luz que nos alumbraba era la de la luna llena, lo que hizo muy especial la cena.
Ahora estoy en Salta, una ciudad que limita al norte de Argentina con Bolivia y al oeste con Chile. Llegué anoche cerca de las 12 de la noche, después de casi 20 horas de viaje en bus desde Rosario, para pasar aquí y en los alrededores lo que resta de semana santa junto con Alfonso, Ángel, Esther, Adrían, Clarisa y Ariel, que viene de camino. El hostel donde estoy ahora se llama prisamata y es muy acogedor. Además, nos hemos encontrado aquí con Marco, uno de los italianos con quien ya coincidimos en Rosario. He traido conmigo el portátil, y como acostumbro a ser el más madrugador, puedo seguir dedicando un rato al proyecto por la mañana y escribir mientras el resto aún duerme.
Vuelve a llover, pero salimos ya porque no hay tiempo que perder…

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