
El viaje a Laponia pasó como un repentino sueño.
El primer día recorrimos en auto casi 600 kilómetros hasta Meltosjärvi, un pequeño pueblo a unos 75 km al oeste de Rovaniemi. Desde allí, nos adentramos por una de sus carreteras hacia el interior del bosque, perdidos en mitad de un poblado en un bosque nevado con el mayor número de pinos por metro cuadrado que he visto nunca, en una cabaña preciosa de madera, con sauna y chimenea, sobre el mismo círculo polar ártico, en una de las mejoras noches y mejores lugares, sin duda, que recuerdo.
A la mañana siguiente, aún impresionados del lugar, conseguimos salir del laberinto de carreteras del bosque gracias a un amable señor que, aún cuando sólo hablaba posiblemente la lengua suomi más cerrada del lugar, nos invitó a seguirle detrás hasta una de las carreteras principales, donde pusimos rumbo hacia Rovaniemi. Una vez allí, nos dirigimos hacia el “poblado de Santa Claus”, donde aprovechamos para vivir la aventura por los alrededores de conducir una moto de nieve hasta una granja de huskys, en la cual disfrutamos de un paseo en trineo tirado por huskys; una experiencia chulísima.
A la tarde, después de ver a Santa Claus (era una visita obligada), fuimos a una nueva cabaña (cottage, como aquí lo llaman) a pie de una estación de esquí en la cual pasamos la tarde tirándonos con un trineo y disfrutando como niños.
Al día siguiente, nos despertamos con una increíble nevada y regresamos del viaje parando en Kemi para visitar el castillo de hielo y después en Oulu, otra pequeña ciudad costera donde almorzamos, para finalmente llegar a la noche a Vaasa con la sensación de que todo había pasado como un precioso sueño.
Seguir leyendo






