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Mi abuelo Benito

Éste es Benito; mi abuelo.

Esta mañana fui con mi hermano en su busca a la residencia donde vive junto a mi abuela desde hace ya ocho meses y hemos salido a dar un paseo hasta su casa y su barriada, Las Delicias, un pequeño lugar de Córdoba situado al otro lado de las vías del tren y que da nombre originariamente a dos calles sin salida y un restaurante-bar de tradición familiar.

Le acompañé pues hasta su casa, me pidió que abriera su puerta y quiso entonces recordar en voz alta lo feliz que era viviendo allí, mientras me animaba a abrir sutilmente las ventanas para que el olor a cerrado y a vacío se esfumara. Luego caminamos hasta el bar, donde me contaba que iba cada día a las 11 de la mañana a leer el periódico apoyado en la ventana y tomar un medio de vino. En el trayecto, nos detuvimos frente a la casa de Paco (quien falleció hace años) y de Lola, sus vecinos contiguos, aunque quien nos recibió fue un familiar que acababa de llegar para airear la casa, ya deshabitada. Al girar la calle, mi abuelo llamó a casa de Pepín, otro vecino al que guarda cariño; nadie nos abrió. Así, llegamos al bar y nos sentamos en la terraza para hidratarnos y mi abuelo, quiso entrar para saludar a la familia que día tras día le recibía en el bar, pero ya las caras habían cambiado, los trabajadores eran otros y apenas quedaba uno de los hijos que recién se marchaba a realizar otras tareas administrativas.

Mi abuelo, siempre con semblante tranquilo, disfrutaba sentado con nosotros, aunque consciente quizás por momentos de que ya nada (o casi nada) quedaba de su vida allí, tan sólo el recuerdo que saboreaba en forma de refresco. Entonces comenzó a contarme la historia de su casa, cómo entrando y saliendo en casa de su amigo conoció a su hermana, mi abuela, hasta enamorarse, para más tarde ayudar a pagar el resto de la casa que terminó heredando mi propia abuela. Continuó relatando algunas anécdotas más, hasta acabar contándonos que una vez jubilado, decidió salir a las 8 de la mañana día tras día caminando hasta el Ayuntamiento, esperar en las escaleras hasta que el alcalde llegara, y pedirle entonces insistentemente que instalaran el alcantarillado para sustituir los pozos ciegos o fosas sépticas y que asfaltaran las calles, hasta entonces de tierra y barro. Así durante cerca de un año, hasta que finalmente lo logró. Desde entonces conserva una placa conmemorativa con la cual los vecinos quisieron mostrar su agradecimiento y recuerda, con una especial sonrisa que delata una gran satisfacción, el perol que celebraron aquél día en el bar, donde le nombraron cariñosamente “alcalde de Las Delicias”.

Éste es Benito; mi abuelo.

 

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La Revolución Silenciada

Estos días atrás vengo dándole vueltas a la situación económica y social que vivimos. Nunca me ha interesado la política, tampoco demasiado la TV, pero a raíz de escuchar un mensaje que alguien dejó ayer en el contestador del programa Siglo21 de Radio3 sobre lo ocurrido en Islandia y leer más sobre el tema, lo cierto es que me ha despertado gran curiosidad lo que allí ha ocurrido y de lo que hasta entonces, era totalmente inconsciente; la que han denominado la Revolución silenciada.

Lo primero que me pregunto es; ¿por qué no aparece esto todos los días en las noticias? ¿por qué en España no ocurren este tipo de manifestaciones cuando el tema está en boca de todos y muchos pensamos que necesitamos un cambio?

Una de las claves de la recuperación en Islandia ha sido la reducción del consumo energético en el hogar. En palabras de Fridrik Mar Baldursson, profesor de Economía en la Universidad de Reykjavik, ”el crecimiento en Islandia se debió principalmente al consumo de los hogares, que cayó tras el hundimiento de los bancos en 2008″. Además, se fomenta el comercio local, tratando comprar sólo productos que sean realmente necesarios y si es en tiendas de barrio, mejor. Y otro dato más, han surgido numerosos comercios segunda mano tanto de ropa como de enseres. Y a ello le sumamos también la sensibilización y el respeto al entorno, los espacios verdes y la naturaleza.

Además, yo añadiría algo más: dejar el coche en casa; usar la bici: nos hace más humanos.

Pienso que hay otra “crisis” más importante que la meramente económica; una crisis de valores éticos. En mi opinión, las medidas contra la crisis empiezan por cada uno de nosotros, cambiando nuestros hábitos de consumo y mirando por un consumo responsable, y así aportando también nuestro grano de arena en la educación en valores y el ejemplo tanto a los más pequeños como a quién tenemos a nuestro lado.

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Grabando guitarra en mano

Hace tiempo que siento que me debo algo.

No sé exactamente el qué, pero lo busco día a día, y a decir verdad, creo que lo llevo buscando toda mi vida, o al menos, desde que tengo uso de razón y autorreflexión.

Así, encuentro en la música una forma especial de acercarme, lejos del mundanal ruido.

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Paseo en bici por Vaasa

Nada mejor para despejarse, recuperar energía y respirar aire fresco con un paseo en bici para seguir disfrutando y descubriendo Vaasa…

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Sentados en el embarcadero
Que el tiempo pasa deprisa no es ningún secreto. Que también trae cambios; tampoco.

Así, despedí a Laura el martes de la semana pasada que regresaba ya a Córdoba, después de pasar el anterior fin de semana y hasta ese martes, en Tallín, la capital de Estonia; una ciudad preciosa en la que nos perdimos por sus calles y su casco histórico. Allí coincidimos en el hostel donde nos alojamos, con un grupo de jóvenes saxofonistas de Mallorca que iban a actuar próximamente allí y en Estocolmo y disfrutamos de un ensayo improvisado en una de las plazas de la ciudad.

Ha sido realmente especial para nosotros el viaje y el reencuentro, aunque no tan agradable la despedida.

En Vaasa los primeros síntomas de la primavera han llegado y apenas van quedando ya restos de nieve en las calles, si bien el mar sigue congelado. Además, estos últimos días ha podido verse desde aquí la aurora boreal, aunque aún no he tenido la suerte de estar en el momento y lugar adecuados. No sé si habrá más oportunidades, pero ojalá pueda vivirlo.

Este domingo viajo a San Petersburgo (Rusia) junto con un buen grupo de Erasmus en un viaje organizado por la Universidad de Vaasa, hasta el próximo jueves. Entonces, comenzará sin duda la cuenta atrás de esta experiencia.

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El viaje a Laponia pasó como un repentino sueño.

El primer día recorrimos en auto casi 600 kilómetros hasta Meltosjärvi, un pequeño pueblo a unos 75 km al oeste de Rovaniemi. Desde allí, nos adentramos por una de sus carreteras hacia el interior del bosque, perdidos en mitad de un poblado en un bosque nevado con el mayor número de pinos por metro cuadrado que he visto nunca, en una cabaña preciosa de madera, con sauna y chimenea, sobre el mismo círculo polar ártico, en una de las mejoras noches y mejores lugares, sin duda, que recuerdo.

A la mañana siguiente, aún impresionados del lugar, conseguimos salir del laberinto de carreteras del bosque gracias a un amable señor que, aún cuando sólo hablaba posiblemente la lengua suomi más cerrada del lugar, nos invitó a seguirle detrás hasta una de las carreteras principales, donde pusimos rumbo hacia Rovaniemi. Una vez allí, nos dirigimos hacia el “poblado de Santa Claus”, donde aprovechamos para vivir la aventura por los alrededores de conducir una moto de nieve hasta una granja de huskys, en la cual disfrutamos de un paseo en trineo tirado por huskys; una experiencia chulísima.

A la tarde, después de ver a Santa Claus (era una visita obligada), fuimos a una nueva cabaña (cottage, como aquí lo llaman) a pie de una estación de esquí en la cual pasamos la tarde tirándonos con un trineo y disfrutando como niños.

Al día siguiente, nos despertamos con una increíble nevada y regresamos del viaje parando en Kemi para visitar el castillo de hielo y después en Oulu, otra pequeña ciudad costera donde almorzamos, para finalmente llegar a la noche a Vaasa con la sensación de que todo había pasado como un precioso sueño.

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He aquí la mesa del banquete de la “Spanish Dinner” del pasado martes con la que invitamos los españoles al resto de Erasmus, italianos, alemanes, franceses,…y un simpático coreano al que le gustó mucho la paella; repitió y quería la receta!

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