Desde el cielo, todo, incluso los problemas, se ven y son tan pequeños…
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Nada mejor para despejarse, recuperar energía y respirar aire fresco con un paseo en bici para seguir disfrutando y descubriendo Vaasa…
Seguir leyendoDespués de un agotador día de viaje tras casi 16 horas en autobús, anoche llegué de madrugada de San Petersburgo. Han sido cuatro días cargados de nuevas experiencias en un lugar realmente sorprendente para mi. La ciudad es enorme, tanto en habitantes (más de 4 millones), como en sus grandes edificios, avenidas y monumentos, cableado eléctrico y tráfico.
El primer día acudimos a la Universidad de San Petersburgo a una conferencia mucho más interesante de lo que pensaba sobre la economía rusa y el impacto de la crisis en la ciudad de San Petersburgo, ya no sólo por la charla en sí, sino por los alrededores de la Universidad y el aula donde permanecimos las cerca de tres horas donde tuvo lugar, probablemente la más vieja y deteriorada donde haya estado nunca. Después, hicimos un tour turístico en autobús parando en distintos puntos de la ciudad. A la noche, tuvimos una cena rusa donde no faltó el vodka ni la compañía de tres autóctonos que nos amenizaron la cena con folklore, canciones y juegos tradicionales en veladas de este tipo, en uno de los mejores momentos, sin duda, del viaje. Al terminar, gracias a Katia, nuestra joven guía autóctona, nos adentramos entre las calles menos transitadas de la ciudad buscando algún pub más underground para salir, y acabamos en un antro funky que adoptó gran protagonismo en el viaje y que puso el colofón a una gran noche.
A la mañana siguiente, tuvimos de nuevo un par de conferencias, esta vez mucho menos interesantes de lo que esperaba, no ya sólo por el contenido de las mismas en sí, sino también por el lugar, que simplemente fue en una de las salas del hotel. Al terminar, fuimos a visitar el museo de L’Hermitage, y al terminar, optamos por regresar al hotel tomando la línea 3 del metro, descendiendo más de dos minutos los 100 metros de las escaleras mecánicas más largas del mundo. A la noche, una limousina nos recogía del hotel para de nuevo hacer un recorrido por la ciudad durante un par de horas parando en distintos puntos, donde no faltó el champagne y la música y el flash glamuroso del momento. Al terminar, paramos en una discoteca propia de turistas así que un grupo optamos por regresar al lugar de la noche anterior, que parecía hecho a medida para nosotros, al menos para Terry, Bea y yo, que acabamos la noche disfrutando de un bello amanecer ya desde las vistas del hotel, recordando nuestras aventuras en la noche peterburguesa.
El día siguiente transcurrió tranquilo, paseando de nuevo por la ciudad hasta la tarde, donde fuimos al espectacular teatro de ópera y ballet Mariinsky para ver el ballet “el lago de los cisnes”; un precioso broche final al viaje.
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Que el tiempo pasa deprisa no es ningún secreto. Que también trae cambios; tampoco.
Así, despedí a Laura el martes de la semana pasada que regresaba ya a Córdoba, después de pasar el anterior fin de semana y hasta ese martes, en Tallín, la capital de Estonia; una ciudad preciosa en la que nos perdimos por sus calles y su casco histórico. Allí coincidimos en el hostel donde nos alojamos, con un grupo de jóvenes saxofonistas de Mallorca que iban a actuar próximamente allí y en Estocolmo y disfrutamos de un ensayo improvisado en una de las plazas de la ciudad.
Ha sido realmente especial para nosotros el viaje y el reencuentro, aunque no tan agradable la despedida.
En Vaasa los primeros síntomas de la primavera han llegado y apenas van quedando ya restos de nieve en las calles, si bien el mar sigue congelado. Además, estos últimos días ha podido verse desde aquí la aurora boreal, aunque aún no he tenido la suerte de estar en el momento y lugar adecuados. No sé si habrá más oportunidades, pero ojalá pueda vivirlo.
Este domingo viajo a San Petersburgo (Rusia) junto con un buen grupo de Erasmus en un viaje organizado por la Universidad de Vaasa, hasta el próximo jueves. Entonces, comenzará sin duda la cuenta atrás de esta experiencia.
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El viaje a Laponia pasó como un repentino sueño.
El primer día recorrimos en auto casi 600 kilómetros hasta Meltosjärvi, un pequeño pueblo a unos 75 km al oeste de Rovaniemi. Desde allí, nos adentramos por una de sus carreteras hacia el interior del bosque, perdidos en mitad de un poblado en un bosque nevado con el mayor número de pinos por metro cuadrado que he visto nunca, en una cabaña preciosa de madera, con sauna y chimenea, sobre el mismo círculo polar ártico, en una de las mejoras noches y mejores lugares, sin duda, que recuerdo.
A la mañana siguiente, aún impresionados del lugar, conseguimos salir del laberinto de carreteras del bosque gracias a un amable señor que, aún cuando sólo hablaba posiblemente la lengua suomi más cerrada del lugar, nos invitó a seguirle detrás hasta una de las carreteras principales, donde pusimos rumbo hacia Rovaniemi. Una vez allí, nos dirigimos hacia el “poblado de Santa Claus”, donde aprovechamos para vivir la aventura por los alrededores de conducir una moto de nieve hasta una granja de huskys, en la cual disfrutamos de un paseo en trineo tirado por huskys; una experiencia chulísima.
A la tarde, después de ver a Santa Claus (era una visita obligada), fuimos a una nueva cabaña (cottage, como aquí lo llaman) a pie de una estación de esquí en la cual pasamos la tarde tirándonos con un trineo y disfrutando como niños.
Al día siguiente, nos despertamos con una increíble nevada y regresamos del viaje parando en Kemi para visitar el castillo de hielo y después en Oulu, otra pequeña ciudad costera donde almorzamos, para finalmente llegar a la noche a Vaasa con la sensación de que todo había pasado como un precioso sueño.
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Después de tres día primaverales de sol, ahora mismo está cayendo una buena nevada para recibir a Laura, que llega en un par de horas. La nuestra, es una historia de reencuentros emocionantes en estaciones y aeropuertos. Me voy a recogerla a la estación!
Mañana nos vamos de viaje a Laponia, a un cumplir un sueño en el círculo polar!
Seguir leyendoAnoche tuve la suerte de cenar una riquísima ”lasagna” preparada por Lysiane, y acompañado por cinco bellas damas: Bea y Ofe a mi derecha, y Lysiane, Carmen e Isa a mi izquierda. Tampoco faltó el vino, por supuesto; qué menos podía ofrecer! Es también toda una suerte encontrarse cada día desde que llegué con unas sonrisas así; ole!
Después, Lysiane y yo nos reunimos con Terry y Jan para ir juntos al concierto de jazz en el Doo-Bop club, que decididamente es mi nuevo club de moda.
Luego, la noche continuó entre risas y más risas hasta el amanecer, que comprobé por primera vez, que aquí lo hace ahora cerca de las 5 de la mañana. Llegué a casa con la sensación de haber disfrutado muchísimo: Bailé una “muñeira” improvisada (de lo que recordaba cuando la aprendí a bailar en el colegio) al son de un gaitero que colocó su gorro a la salida de la disco de moda y cuál fue mi sorpresa al comprobar que identificó el baile y tocó la clásica muñeira gallega; la misma con la que aprendí a bailarla. La noche se alargó ya en el apartamento de Jan, mientras amanecía, y tomando un té para entrar en calor, en ese tipo de momentos sin nada o mucho de especial, en los que uno tiene la sensación de que quedarán guardados en un lugar privilegiado de la memoria.
Como broche final, cuando fui a recoger mi bicicleta, comprobé que había perdido la llave y que este hecho amenzaba con manchar la noche. Por suerte, y como caída del cielo, mientras caminaba resignado de vuelta a casa, encontré la llave en mitad del caminio sobre la nieve.
Definitivamente, soy un tipo con suerte.
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